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“Los museos deberían ser un espacio para la revolución”

Carla Cañellas (Valencia, 1982) es una de esas artistas activas por naturaleza; activas y activistas. Su vocación social, a la cual da salida a través de su arte, le ha llevado a exponer y trabajar en medio mundo, profundizando en temas relacionados con la identidad y lucha de clases en un contexto macrocapitalista y globalizado. Con ella hablamos de su última exposición, una pequeña instalación en el Centro Cultural Villa de Móstoles, y de seguir hablando, de continuar manteniendo un diálogo que aporte algo de estabilidad, cordura y razón en una tesitura actual donde las tensiones no parecen bajar nunca.

Has inaugurado recientemente en Mostoles, ¿Qué me puedes contar de “Detenidos”?

Se trata de un proyecto que empecé en el año 2013 y que trabaja sobre la idea del cambio de identidad que provocó la crisis económica en parte de la población española. Son retratos de diferentes personas presentados como dípticos, haciendo una analogía con las fotos de archivo policial. De esta manera, la muestra une retratos que crean una dicotomía entre el frente y perfil, enfrentando las profesiones para las que uno se formó con las que nos vemos obligados a recurrir en aras de la supervivencia.

Cada una de estas piezas van acompañadas por unos contratos de “Obra y Servicio”, que redacté con los modelos, donde se acuerda que dicha pintura tendrá el valor del salario mínimo interprofesional del país al que pertenecen; y de esa suma, si la obra se vende, cobraran el porcentaje equivalente a la tasa de desempleo de su país. Así, al crear este juego, se crea una suma absurda, todo un sistema grotesco que lo que provoca es que idénticas piezas respecto a su técnica, apariencia y tamaño tengan valores, diametralmente opuestos, cuando supuestamente “todos somos iguales”.

Sin embargo esa sólo es la primera parte…

La segunda parte es de dibujo y vídeo. Lo que hice fue salir a la calle, a las oficinas del INEM, y preguntar a la gente que había haciendo cola qué querrían hacer si no hubiera crisis y si fueran libres de hacer cualquier cosa que quisieran. Al formular una pregunta así, lo que generalmente ocurre, es que tienes un cortocircuito interno, porque hemos llegado a un punto en el que no imaginamos esa libertad.

¿Nos han robado la capacidad de soñar la libertad?

Yo creo que sí, y me parece que ya es algo que trasciende las fronteras de nuestro país. Resulta innegable que existen dos Españas; y lo más triste es que hemos interiorizado tanto ese pesimismo y ese conformismo que nos hemos resignado a una realidad depresiva. Me llamó la atención que, en las colas del INEM, cuando les hacía la pregunta a los que estaban haciendo cola, nunca se atrevían a pedir. Nos han hecho creer que tenemos derecho a pedir muy poco. Probablemente ese es uno de los mayores crímenes que se cometió durante la crisis.

Y contra el pesimismo, la injusticia y la desesperanza… ¿Arte?

Es una pena que necesitemos estar realmente mal para reaccionar, ¿de verdad tenemos tanto amor por el dolor, que lo necesitamos para quejarnos y empezar a gritar? Y aun así, es cierto. Ojalá no necesitáramos sentirnos mal para contar estas historias y luchar. Luego cabe preguntarse qué impacto real va a tener todo esto; en ese sentido me gusta recordad unas palabras de Santiago Sierra, que decía que “una exposición no va a parar una guerra nuclear o un desastre, pero al menos seguiremos hablando”. Así que sigamos hablando.

¿Cómo encajan este tipo de narrativas en las galerías de arte de hoy?

Pues encajan con dificultad. Hay que hacer una distinción entre el circuito estrictamente comercial y el circuito en el que innumerables agentes del sector tratan de realizar una labor de crítica, cuestionamiento y educación. Cuando se trabaja sobre temas de justicia social, nosotros nos convertimos en un altavoz para las cosas que se intentan tapar; y eso no le interesa a la gente que tiene el poder, no hay más que ver los recorte en cultura que se hacen en este país. No les interesa que la gente piense o reflexione. Para mi, los museos y los espacios expositivos deberían ser espacios para la revolución; espacios que provoquen un diálogo y creen una interacción real con la gente que va a visitarlos. A lo mejor no tanto para conseguir respuestas, pero al menos para plantear más preguntas.

¿Está bien tratado el artista en España o gana la picaresca?

Para bien o para mal este es un país de pequeños lazarillos, en ese sentido tenemos la peor herencia del Siglo de Oro. Eso puede ser muy divertido en según que situaciones, pero también tenemos mucho cabroncete suelto. El trato depende mucho del circuito en el que uno se mueve, pero generalmente cuando se está empezando todo el mundo se aprovecha de ti.

Por ejemplo, en un centro cultural piden tu obra y no ponen un duro, todo corre de tu cuenta. aquí ya depende de cada creador el aprender a decir “no”. En ese centro cultural o ese museo de turno se están lucrando de que tú, como artista, les llenes su espacio de contenido, ¿y pretenden que lo hagas gratis? La picaresca tiene sus límites y ese es uno que no se debería cruzar jamás; porque cuando se cruza, el trabajo de todos los demás artistas —y el propio— se acaba devaluando. En España hace falta que nos replanteemos qué valor le damos a la cultura, porque está claro que esto no funciona.

Last modified: 10 octubre, 2017

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