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Jorge Rueda, el surrealismo fotográfico antes del Photoshop

Por: | De autor, Fotografía, Portada

Hablar del fotógrafo almeriense Jorge Rueda es hacerlo de rebeldía. Su obra, cargada de creatividad e innovación, arremetió contra convencionalismos y cánones establecidos con una gran potencia imaginativa que sigue sorprendiendo a propios y extraños. Porque, en una época en la que modificar una imagen y convertirla en algo muy diferente gracias a potentes programas de edición como Photoshop resulta sencillo, pocos podrían imaginar al contemplar sus montajes fotográficos por primera vez que están hechos antes de la llegada de la revolución digital.

Rueda componía sus montajes de forma ‘artesanal’, combinando fotografías reveladas y dotándolas de color por su propia mano, hasta crear imágenes totalmente nuevas y rompedoras con un estilo muy reconocible que le llevaron a ser considerado padre del surrealismo fotográfico.

Quienes conocían al artista andaluz hablan de su irreverencia y de su infravalorado talento, en el que muchos no supieron ver una auténtica revolución en la fotografía que inspiraría a muchos colegas en las décadas sucesivas. Y es que algunos círculos culturales de la época en la que comenzó a trabajar en sus creaciones, los años 70 y 80, las consideraban excesivamente provocativas. Eran momentos complicados para una España en transición en la que no todos estaban preparados para sus desnudos sin pudor y la ácida crítica política y social que impregnaba muchas de sus imágenes.

Rueda solía acompañar sus montajes de algunas de reflexiones escritas que completaban el dardo afilado con el que quería hacer despertar a una sociedad anclada en el pasado pero con ansias de libertad. Valga de ejemplo de la imagen titulada 1974  burbosq, en la que un hombre vestido de religioso sostiene un cirio con el rostro cetrino y sombrío, las cuencas de los ojos vacías y, a sus espaldas, un campo enrojecido y devastado con árboles pelados y nubarrones oscuros, que acompañó de la frase: “Pobres bichos, bichos pobres. Necesitados de inventarse cielos para sobrellevar el dramático conocimiento de la desaparición, de llegar a no ser nunca, de llegar a nada”.

Una rebeldía que no solo plasmó en su obra, sino que también le acompañaba en su día a día y que llevaba por bandera, con una honestidad para expresar lo que pensaba sin la más mínima reserva. Así, en su libro Desatinos, escribía lo siguiente: “Nunca sé qué decir para contentar al público a cambio de cariñitos y comida. (…) Insisto en que la traducción cínica, escueta y literal de mis vulgares intenciones se resumen en tres palabras, que me aburre repetir y hacer creer: SALUD, DINERO Y AMOR compartidos. Como básicas alegrías de la vida. Todo lo demás es perversión. Por lo tanto, continúa mi impertinencia. Que en lengua vernácula vienen a querer decir, más o menos, que ‘NO ME TOQUÉIS MÁS LOS GÜEBOS’”.

Y esa irreverencia, esa aura de autor maldito que le acompañó toda la vida, la llevó hasta el final cuando ordenó, como última voluntad, que su obra fuese quemada a su muerte para que “las alimañas carroñeras que me acosaron en vida no se aprovechen de mis despojos”. Un deseo que se cumplió, salvo con una pequeña parte de sus imágenes, tras su muerte el 17 de noviembre de 2011.

Last modified: 17 octubre, 2018

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