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Kazuo Miyagawa, el director de fotografía que sedujo a Akira Kurosawa

La conjunción de estrellas especialmente brillantes puede configurar una galaxia esplendorosa. En el cine, esa galaxia suele tomar la forma de una película de culto, siempre que los talentos de los astros se asocien sin que los egos se pisen. Es el caso de Rashomon (1950) y Yojimbo (1961), en las que la maestría de Akira Kurosawa contó con la clarividencia del mejor director de fotografía del momento en Japón, Kazuo Miyagawa.

Miyagawa, gracias a su capacidad e imaginación para innovar en las imágenes cinematográficas, consiguió seducir al mítico director nipón mediante el uso de la luz, los objetivos y los encuadres. Algo nada sencillo de lograr con un Kurosawa que no por casualidad había recibido el apodo de ‘El Emperador’, pues era muy autoritario en su forma de dirigir y siempre quería controlar cada elemento de sus películas.  

Pero Miyagawa no era cualquier director de fotografía y Kurosawa decidió colaborar con él para dotar a sus cintas de secuencias únicas hasta aquel momento. Y lo consiguió en Rashomon primero, cinta en la que introdujo las perspectivas múltiples y los saltos de cámara que tanto influenciarían al cine posterior, y en Yojimbo después.

No obstante, la de las perspectivas múltiples sólo sería una de sus novedades, pues la capacidad de Miyagawa para innovar parecía no tener fin. Así, fue el primer director de fotografía que usó un teleobjetivo para sugerir la distancia emocional de los personajes, y en uno de sus primeros trabajos, Singing Lovebirds de Masahiro Makino (1939), usó espejos exteriores para crear una luz solar moteada en el set de rodaje.

De la luz y el contraste marcado, así como técnicas de grabación innovadoras como los saltos de cámara, Miyagawa pasó a convertirse en todo un pintor de escenas con la llegada del color al celuloide. El nipón exploró las cualidades pictóricas, dramáticas y simbólicas de la pigmentación en varias películas como Zatoichi (1964) de Kazuo Ikehiro o Silencio de Masahiro Shinoda (1971). En este sentido, se le atribuye la creación de técnicas para controlar la saturación y la tonalidad con la que consigue un brillo plateado sobre la imagen en color.

Otra de las cintas en las que imprimiría su carácter innovador fue en el documental Las olimpiadas de Tokio (1965), en la que supervisó a un equipo de 164 camarógrafos y empleó más de 230 lentes diferentes para transmitir, a través de primeros planos extremos, la intensidad y el dramatismo de la competición deportiva.

Last modified: 20 mayo, 2019

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