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La cámara como una libreta de notas

Los grandes escritores de reportajes de viajes o cualquier otro viajero no saldrá nunca de casa sin una libreta de notas. Es un hecho. Da igual si es para escribir un diario, para anotar ideas para un libro o simplemente para dejar constancia por escrito de pequeños detalles que van sucediendo; tener un soporte para registrar nuestros viajes se hizo vital al mismo tiempo que el ser humano comenzó a moverse por la Tierra. A los fotógrafos nos ocurre algo parecido.

Los fotógrafos tenemos una extraña manera de ver el mundo. Nos gusta dividir el tiempo presente en momentos individuales cargados de simbolismo y significado. Registramos la vida en tiempo real, pero nos centramos en pequeños fotogramas que nos llaman la atención. Como dice José Manuel Navia, las libretas son una parte intrínseca de la experiencia del viajero; y aunque ser fotógrafos no nos exime de usar una libreta propiamente dicha para hacer nuestras anotaciones, nuestro cuaderno —igual que nuestra memoria— es visual y la herramienta que usamos para escribir es una cámara de fotos.

De hecho, es posible que el uso de la fotografía como libreta de notas visual sea la aplicación más extendida, a día de hoy, de esta disciplina. Ahora todos llevamos una cámara en el bolsillo. ¿Cuántos selfies se hacen cada día en todo el planeta? ¿Cuántas fotografías de comida? ¿Y si hablamos de las fotografías en el gimnasio, en la playa, con los amigos? La libreta de notas más usada del mundo es hoy la cámara de un teléfono móvil.

Caconda, de Navia.

Sin embargo, sería acertado puntualizar que la motivación detrás de estas notas ha cambiado. Escribir en una libreta mientras viajas en tren rumbo a cualquier lugar tiene algo de íntimo, de personal, de introspectivo. Volcamos nuestras inseguridades y pensamientos más profundos en esas pequeñas páginas que nos acompañan durante nuestras aventuras. Por otro lado, el acceso global a una cámara fotográfica ha dado pie a documentar cada minuto de nuestras vidas, por irrelevante que sea.

Como todo lo que se explota en exceso, la solemnidad de un pensamiento se diluye en la orgía visual de millones de fotografías sin peso ni poso. Porque aunque apretar un botón no hace a uno fotógrafo, siempre será más fácil que tomarse un tiempo para escribir una o dos páginas. Una galería de Instagram, en la mayoría de las ocasiones, pasaría por una sesión muy loca de brainstorming, mientras que escribir requiere dotar a tus pensamientos de orden y narrativa.

Por eso creo que las dos libretas no deberían ser exclusivas la una de la otra, sino las dos caras de la misma moneda. Dice Navia que la fotografía por sí sola es un medio pobre para contar historias. Puede que tenga razón. Al fin y al cabo, cuando vemos una imagen desprovista de pie de foto, en nuestra cabeza siempre hay una voz interpretando y traduciendo en palabras su contenido.

Last modified: 21 noviembre, 2017

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