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“Me daba cuenta de que no estaba en otro planeta, sino en este planeta, y sentí vergüenza”

Por: | Portada

Alejandro Martínez Vélez, es un fotoperiodista español especializado en cobertura de historias relacionadas con la migración. En un bar del distrito de Chamberí habla sin tapujos de la honestidad y la sinceridad. Critica sin miramientos a aquellos que se dan golpes en el pecho y aboga por la humildad a la hora de ejercer su profesión, admitiendo que cuando se trata de fotoperiodismo, uno no llega a ningún sitio sin ayuda. Su trabajo “Migrantes en Belgrado” ha sido el ganador de varios premios nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Manos Unidas de Fotoperiodismo y el Premio de Fotografía Humanitaria concedido por el Comité Internacional de la Cruz Roja.

El fotoperiodista Alejandro Martínez Vélez, en Belgrado. @ Rodrigo Avellaneda.

Antes de Belgrado, ya llevabas tiempo trabajando

Sí, mi interés por el tema de las migraciones viene de hace algún tiempo, desde que era pequeño. Lo primero fue la posguerra en España, todas aquellas personas teniendo que exiliarse en Francia para escapar de represión. Cuando en Melilla tiene lugar el último gran episodio de saltos a la valla, más o menos en 2013, a mi me entran ganas de ir allí a documentarlo, pero no me encontraba cómodo, no pensaba que tuviera el bagaje suficiente para hacer un buen trabajo.

Cuando se masifica la ruta del Egeo y los refugiados comienzan a llegar a Lesbos, tengo el segundo impulso de ir, pero en aquel momento no era viable económicamente así que tampoco fui.

Pero luego sí acabarías yendo a Lesbos.

Fue en 2016. En marzo hablo por teléfono con un compañero, Olmo Calvo, que el se iba a Lesbos. Y al final me decidí. Tenía que ir.

¿Cómo te las apañaste para costear el viaje?

Esta es una parte en la que soy muy sincero, porque es necesario hablar de ello. Hay mucha gente que de esta parte no habla, pero cuando se empieza hay mucho de jugar a ser fotógrafo. Empezar en esta profesión requiere cierto colchón económico. Cuando pagas los viajes hay que asumir las pérdidas, que siempre se asumen mejor cuando tienes un plato de comida caliente esperándote a la vuelta. De manera que soy muy sincero: Yo hablé con mis padres y les pedí prestados 1.000 euros, con eso pude pagarme mi primera aventura fotográfica fuera de España.

Un hombre se calienta las manos en una hoguera dentro de un almacén abandonado cerca de la estación central de Belgrado. Foto: Alejandro Martínez Vélez.

¿Cómo es apostar todo a una carta? Sabiendo que muy probablemente no ibas a recuperar ese dinero prestado.

Yo sabía que no lo iba a recuperar, o que iba a recuperar muy poco. Yo lo daba por perdido. Pero en mi cabeza era una cuestión de ahora o nunca. No podía perderme aquellas llegadas a Europa cruzando el mar Egeo. Aquello era histórico y quería ir allí. Sabia que haría crecer como persona y como fotógrafo. Pero esto sólo me lo pude permitir porque mis padres me pudieron prestar ese dinero.

Entonces fuiste a Grecia.

Estuve cinco días en Lesbos, pero estaba tan impactado que apenas estaba concentrado en la parte fotográfica. Es cuando llego a Idomeni cuando me doy cuenta de lo que realmente está pasando. En Idomeni tuve mis primera conversaciones con la gente que estaba allí esperando a cruzar a Macedonia. Presencié un intento de cruzar la frontera de casi 2.000 personas. Después de aquello volví a Madrid con inquietud. Quería volver, quería seguir trabajando en el tema de las migraciones.

Y con el tiempo te decidiste a hacer la siguiente etapa en Belgrado.

Vi una foto de un refugiado bañándose en pleno

Un hombre se apoya en la ventana de un vagón abandonado en la estación central de Belgrado. Foto: Alejandro Martínez Vélez.

invierno dentro de uno de esos bidones metálicos que se utilizan para el combustible. Así que con esa imagen hablé con los compañeros Jaime Alekos y Rodrigo Avellaneda y nos fuimos para allá. Yo acababa de hacer unos currillos y tenía algo ahorrado. Cuando llegué me encontré a unas 1.500 personas hacinadas en unas naves industriales abandonadas al lado de la estación central de Belgrado. Comían normalmente una vez al día, gracias a una ONG que se ocupaba de ello. Apenas tenían ropa, se enfrentaban a temperaturas de quince grados bajo cero con sólo unos vaqueros, una chaqueta y unas deportivas. Yo iba bien abrigado y pasaba un frío insoportable, imagínate ellos.

¿Qué ocurría allí?

Nunca lo vi con mis propios ojos, pero la gente hablaba de abusos y maltrato cuando intentaban cruzar la frontera. La gente estaba muy asustada y cansada. Además, cuando te contaban su viaje, todos coincidían en que lo peor había sido pasar por Bulgaria, donde se habían organizado una especie de milicias “anti-refugiados” que les pagaban palizas y los perseguían. Algo parecido a las patrullas civiles que vigilan la frontera entre Estados Unidos y Méjico.

Cuando estabas allí, cuando trabajas en un campo de refugiados, ¿tienes la sensación de estar en otro planeta?¿No te pareció una situación casi extraterrestre? 

Entiendo a qué te refieres, pero al ver aquello sentí vergüenza, porque me daba cuenta de que no estaba en otro planeta, sino en este puto planeta, el nuestro. Sentí vergüenza de pertenecer a esta sociedad occidental, a esta Europa que maltrata a los migrantes, y que mira con desprecia a un solicitante de asilo que sólo busca un sitio donde sentirse seguro. Gente que huye de la guerra, de la muerte, de la pobreza, de la persecución política, de las amenazas por identidad sexual. Toda persona que sufre ese tipo de situaciones tiene derecho a buscar refugio en otro país.

No se puede recibir a estas personas con una alambrada con cuchillas, que hace que el alambre de espino parezca un chiste. Me parece una vergüenza.

Un joven se arrodilla al lado de un barril donde los migrantes calientan agua para las duchas. Estas se dan regularmente para prevenir la aparición de sarna y piojos. Foto: Alejandro Martínez Vélez.

¿Qué ha fallado?

No se han establecido canales seguros de tránsito, para que estas personas no tengan que recurrir a traficantes y contrabandistas y meterse en una lancha de juguete para cruzar el mar. Hay actores que están interesados en que esto siga así.

No se han cumplido los números que se pactaron para la acogida de refugiados dentro de los países europeos. Lo países pueden poner barcos para facilitar el cruce, con control, pero que puedan cruzar.

¿Qué tipo de control? Porque se ha intentado antes con pulseras, pero no dejó de ser una medida controvertida.

Evidentemente una pulsera no me parece la mejor manera. Quizá me parece una manera de estigmatizar. Sin embargo un carnet, una tarjeta, es más humano, porque al final todos tenemos un DNI o un pasaporte. Todos tienen que estar identificados, pero no se los puede etiquetar así y tratarlos de una manera tan fría, simplemente por ser migrante.

¿Tienen cabida estas historia en los medios españoles?

En España esta profesión está de capa caída. Cada vez tengo más claro que es necesario mirar hacia fuera y buscar la publicación en medios internacionales. De esto tenemos la culpa los freelance, al menos gran parte de ella. Si una cobertura cuesta 1.000 euros, no puede venir un gilipollas, porque alguien que mina la profesión de esta manera no puede tener otro nombre, y decir que hace la cobertura por 100 euros. Al final rompemos la profesión, haciendo que forme parte de este liberalismo económico salvaje, donde la decisión entre un trabajo u otro ya no depende de la calidad, sino de quién lo ofrece más barato.

¿Qué es lo siguiente para Alejandro Vélez?

Seguiré con las migraciones. Queda mucho por contar.

Last modified: 13 enero, 2018

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