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Weegee, el fotógrafo entre lo cotidiano y lo truculento

Por: | Fotografía

El periodismo es un oficio complejo. Algunos de los que lo sufren y disfrutan a diario lo definen como una suerte de sacerdocio que exige la consagración activa y ferviente de la persona que lo ejerce, con una disponibilidad completa para tener pesadillas con un titular contrariado o salir de la redacción a altas horas de la madrugada por una última noticia desconsiderada.

Para Arthur H. Fellig, apodado Weegee, el periodismo era no pegar ojo por las noches, recorrer las cavernosas calles de la Nueva York hasta el amanecer y perseguir a la muerte por los callejones humeantes de la ciudad que nunca duerme. Porque lo que a este fotógrafo le interesaba era la cara oculta de la gran urbe, esa que no se acuesta cuando toca y se divertía, bailaba, robaba y asesinaba al amparo de las sombras.

Weegee fue un fotógrafo nocturno durante la mayor parte de su vida, un ámbito en el que se desenvolvía como pez en el agua y en el que no tenía rival, tanto por su talento fotográfico y sus contactos en los bajos fondos como por la incomparecencia de sus adversarios, quienes preferían trabajar bajo la luz diurna. Y no era para menos, pues lo que la madrugada neoyorquina ofrecía en aquellos oscuros años treinta de depresión económica y gánsteres no eran más que desgracias.

Y Weegee se especializó en ellas. Porque si bien es cierto que el fotógrafo ofreció un paisaje completo de la noche de Nueva York, las fotografías que más y mejor vendía eran las de asesinatos y accidentes, a las que daba un toque muy personal con el que aumentaba el dramatismo y el morbo de la escena. En especial, en la técnica de este reportero destacaba su uso experto del flash, el alto contraste de sus instantáneas y la composición cuidada en imágenes tan complejas de manejar como lo son las de sucesos.

Aunque la composición es, quizás, uno de los aspectos más oscuros de Weegee, pues fue acusado en varias ocasiones de alterar las escenas de los crímenes para obtener la imagen que quería, sin importarle lo más mínimo alterar las pruebas. Algo que él nunca desmintió, con lo que alimentó las especulaciones, y que le era perfectamente posible hacer gracias a su habilidad para llegar al lugar de los hechos incluso antes que la propia policía.

Y es que Weegee, además de ser un animal nocturno, era un velocista del periodismo. Sabía que se movía en una delgada franja entre la caída de la noche y el cierre de las ediciones de los periódicos, que debían enviarse a la imprenta de madrugada para estar en los quioscos a primera hora. Por ello, debía ser muy rápido, no sólo para obtener imágenes únicas (a veces artificialmente únicas), sino también para revelarlas antes y posibilitar que apareciesen al día siguiente en los diarios de la mañana.

Para hacer exitosa esa carrera de obstáculos, Weegee contaba con dos aliados. Por una parte, era el único fotógrafo de la ciudad con autorización para tener una radio portátil de la policía, lo que le permitía saber el lugar de un suceso al mismo tiempo que las patrullas de la zona. Por otra, había instalado un laboratorio de revelado fotográfico en la parte trasera de su coche, de modo que obtenía las fotografías en la misma escena de los hechos y las enviaba rápidamente.

Trayectoria

Los años de mayor volumen de trabajo en las calles de Nueva York para Weegee fueron la década de los treinta y principios de los cuarenta del siglo XX. A mediados de los años cuarenta, tras más de diez años viviendo de la noche, el orden público mejoró y los sucesos truculentos que tanta fama y dinero habían dado a Weegee comenzaron a escasear. En aquel momento el reportero de lo cotidiano y de lo sórdido decidió publicar su primer libro, Naked City, en el que mostraba su visión de la ciudad a través de su fotografía y de su propia historia.

Weegee era un personaje muy particular, excéntrico y enamorado de sí mismo, por lo que lo morboso de sus imágenes aderezado con una biografía a medio camino entre la realidad y el mito contribuyeron a que su libro fuese un éxito total. Gracias a gran número de ventas que obtuvo, recibió una llamada de Hollywood para transformarlo en película, a lo que accedió encantado no sólo por el dinero, sino también por el importante espaldarazo a su ego que suponía.

Después de aquello se trasladó a Los Ángeles, donde empezó a fotografiar a las estrellas del cine y escribió otros cinco libros, además de recibir ofertas para hacer otras películas sobre su vida. E incluso llegó a trabajar como actor en alguna cinta.

Pero la impostura de Hollywood acabaría por cansarle, quizás porque le costaba ser el protagonista del lugar entre tanta estrella, por lo que volvió a Nueva York y siguió trabajando en diferentes proyectos fotográficos y cinematográficos hasta su muerte, en 1968.

Last modified: 24 mayo, 2019

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